FORMACIÓN DE LOS MUNDOS Y DE LOS SERES VIVOS

 

Todo lo que existe es obra de Dios. Por eso decimos Creación Divina al referirnos a ese inmenso Universo que, como dice Kardec, "abarca la infinidad de los mundos que vemos y de los que no vemos, todos los seres animados e inanimados, todos los astros que se mueven en el espacio, así como los fluidos que lo llenan" (1). Pero... ¿Cómo creó Dios el Universo? La respuesta a esta pregunta es todavía un misterio, como lo es la existencia del Creador y no será la inteligencia humana, en el estado en que por el momento se encuentra, que penetrará tal misterio. Tendremos que conformarnos, por lo tanto, a ese respecto, con lo que dijeron a Kardec los Espíritus Superiores, por intermedio de uno de ellos, que se encuentra en la respuesta a la pregunta 38 de "El Libro de los Espíritus": "¿Cómo creó Dios el Universo? Para valerme de una expresión corriente, diré: Por su voluntad. Nada caracteriza mejor a esa voluntad omnipotente que estas bellas palabras de "El Génesis": Dios dijo - Hágase la luz y la luz se hizo" (2).

 

Sabemos, no obstante, también por la revelación de los Espíritus Superiores, que Dios creó fundamentalmente dos principios diferentes, diametralmente opuestos por sus cualidades esenciales, que son los dos elementos generales del Universo: el elemento material - bruto y totalmente inerte - y el elemento espiritual, inteligente, susceptible de elaboración y desenvolvimiento evolutivo, con vistas a la realización de individualidades conscientes, dotadas de razón y voluntad. Con este segundo elemento creó Dios los Espíritus, que son los seres inteligentes, conscientes y libres, por eso mismo responsables, del Universo, sujetos a leyes morales. Con el primero - el elemento material y bruto - formó Dios los mundos que giran en el espacio, sujetos solamente a las leyes de la Mecánica Celeste, así como todos los seres que forman la naturaleza de esos mundos. Es de este elemento material que nos vamos a ocupar especialmente en esta síntesis, al mismo tiempo que, a la luz de la Doctrina Espírita, procuraremos penetrar, por poco que sea, en el origen y formación de los mundos. Llamémoslo simplemente materia e intentemos definirla.

 

En un simple esbozo de definición, podemos decir que materia es todo lo que existe y constituye el Universo físico, es decir, donde ocurren los fenómenos que afectan nuestros sentidos, estén desprovistos o provistos de potentísimos instrumentos ópticos - los telescopios, espectroscopios, microscopios -, que nos posibilitan observaciones mucho más allá del alcance natural de nuestros órganos sensitivos, llevándonos tanto a los gigantescos mundos, estrellas o galaxias que pueblan el espacio, como a las más íntimas estructuras de los seres y de las cosas de nuestro mundo y de otros, relativamente próximos a la Tierra. Pero es infinita la extensión del Universo Material y, para estudiar la materia, a fin de comprenderla correctamente y definirla, el hombre tiene forzosamente que reducir sus observaciones a porciones limitadas de la materia que se encuentra a su alcance, verificando la posibilidad de generalizar los resultados de las observaciones así hechas, a toda la materia del Universo.

 

Ahora bien, a pesar de que todos los cuerpos tengan propiedades generales que los identifiquen como materiales, a la más sencilla y superficial observación se ve que difieren extraordinariamente unos de otros y pueden presentar variedades de aspecto casi infinitas. Difieren en primer lugar por el estado físico y pueden presentarse en el estado sólido, líquido o gaseoso, o además en estados intermedios como el pastoso o de vapor. Si nos atenemos ahora solamente a los cuerpos sólidos, veremos que difieren por la forma exterior y es atendiendo a esas diferentes formas que los designaremos: cilindro, una esfera, un cubo o una pirámide; una lámina, una chapa, un hilo o un anillo; una reja, una mesa, una silla, una estantería; árbol, hierba, musgo, hongo, perro, gato, buey u hombre. Pero además de la forma, también pueden distinguirse por las dimensiones y nadie confundirá una mesa de determinada forma e importante tamaño con una mesita exactamente de esa misma forma pero con las dimensiones de un juguete de niño.

 

 

Pero hay una tercera cosa que permite distinguir más profundamente los cuerpos, unos de otros. Veamos: Consideremos cinco esferas (por lo tanto de la misma forma) y exactamente de las mismas dimensiones. Las distinguiremos perfectamente al constatar que una, por ejemplo, es de vidrio, otra de madera, otra de hierro, otra de cobre y la última de marfil. Esta cosa que permite distinguir dos o más cuerpos, aunque tengan la misma forma o las mismas dimensiones, se llama la sustancia del cuerpo. Podría decirse, entonces, que cada cuerpo tiene su sustancia individual e inequívoca, es decir, constituida de partes absolutamente iguales unas a otras, formando lo que se llamaría cuerpo puro. Sin embargo, en realidad, las cosas no son exactamente así. El estudio de diversas muestras de materias provenientes, ya sea de la Naturaleza o de la Industria Humana, mostró que solamente algunas pueden considerarse sustancias puras, es decir, especies individuales de materia, caracterizadas por propiedades específicas e invariables; mientras que otras, innumerables, en inmensa mayoría en la Naturaleza, están constituidas de porciones diferentes, separables por procesos apropiados - llamados de análisis inmediato - que muestran que en realidad son mezcla de dos o más sustancias, mezclas que pueden ser más o menos heterogéneas o aparentemente homogéneas según las dimensiones de las partículas en que se encuentran divididas las sustancias mezcladas. Los cuerpos puros, es decir, formados de una sola sustancia individual, aislada  de cualquier otra, son rarísimos en la Naturaleza, pudiendo citarse como uno de los poquísimos ejemplos, las muestras de cuarzo hialino o cristal de roca, constituidas de óxido de silicio o sílice, sustancia que en esas muestras se encuentra en estado puro. La obtención de cuerpos puros en cantidades considerables, es obra de la Industria Química. Obtenidos los cuerpos puros, el análisis químico verificó, no obstante, que no todos están constituidos de principios materiales que no pueden descomponerse en otras sustancias, las cuales, a su vez, pueden todavía volver a descomponerse o ya no más. Esas sustancias que pueden descomponerse en dos o más han sido llamadas sustancias compuestas. Hay, además, un pequeño número de sustancias simples, es decir, que no pueden descomponerse, de las que no se pueden extraer otras sustancias sino ellas mismas, que demuestran constituir principios elementales y únicos, por lo que también fueron llamadas elementos químicos.

 

Cabe aquí, ahora, una observación elucidativa. Los químicos antiguos decían cuerpos simples en vez de sustancias simples, extendiendo las propiedades de las sustancias a los cuerpos que ellas forman. Abarcaban, de tal manera, dentro de la misma designación, cuerpo y sustancia, lo que no presentaba mayor inconveniente, pues en el cuerpo, cualquiera sea su forma y dimensiones, se reflejan evidentemente las propiedades inherentes a la sustancia que lo forma, es por eso que en los libros escritos por Allan Kardec aparece frecuentemente la expresión cuerpos simples y que en "La Génesis", el libro que publicó en 1868, puede leerse, en una comunicación proveniente del Espíritu Galileo: "La Química, cuyos progresos han sido tan rápidos con posterioridad a mi época, (...) hizo tabla rasa de los cuatro elementos primitivos en los cuales los antiguos estuvieron de acuerdo en reconocer la Naturaleza (...). En compensación, hizo surgir un considerable número de principios, hasta entonces desconocidos, que le parecía que formaban, en determinadas combinaciones, las diversas sustancias (...) que ella estudio (...). Dio a esos principios el nombre de cuerpos simples, indicando de tal modo que los considera primitivos y que no pueden descomponerse a los que ninguna operación, hasta ahora, ha pódido reducir a fracciones relativamente más simples que ellos mismos (09).

 

Resumiendo y actualizando puede decirse: - La Química, hasta el momento, ha podido establecer la existencia de un cierto número de principios materiales primitivos que no pueden descomponerse, los elementos químicos, que forman por sí mismos y aisladamente o combinados entre sí, todas las sustancias de los cuerpos. En número de 92 (los elementos químicos naturales), desde el Hidrógeno, que es el primero de la escala, hasta el Uranio, que es el último, existen en estado atómico, o sea, de corpúsculos llamados átomos, que tienen masa y volumen ínfimos, variables según los elementos, pero fijos y característicos para cada uno de ellos. Es por la agregación de esos átomos que se forman todas las sustancias naturales o industriales. Cuando se agregan átomos de un sólo elemento, se forman sustancias simples; cuando se combinan átomos de dos o más elementos se forman sustancias compuestas. He aquí, en un brevísimo resumen, lo que los químicos han podido establecer. Pero, donde los hombres no pueden llegar con sus más poderosos instrumentos de análisis, penetran los Espíritus Superiores y nos vienen a revelar que, más allá del estado denso que conocemos en nuestro mundo, la materia reviste estados más sutiles, puramente fluídicos. Esos fluidos llenan todo el espacio, y tienen origen a su vez en una sustancia elemental, primitiva y única, el fluido universal o materia cósmica, que en realidad, es la fuente de donde, por modificaciones y combinaciones variadísimas, proviene todo en el Universo, incluso la materia más densa.

 

Por la belleza y verdad que encierran, las afirmaciones de Galileo Espíritu, en la comunicación a la que ya nos hemos referido, son dignas de toda consideración: "A primera vista, no existe lo que parece ser tan profundamente variado, ni tan esencialmente distinto, como las diferentes sustancias que componen el mundo. (...) Sin embargo, podemos establecer como principio absoluto que todas las sustancias, conocidas y desconocidas, por más diferentes que parezcan, ya sea desde el punto de vista de la constitución íntima o desde el prisma de sus acciones recíprocas, son de hecho, solamente modos diversos en que la materia se presenta; variedades en que ella se transforma, bajo la dirección de las innumerables fuerzas que la gobiernan (...)" (08). "Hay cuestiones que nosotros mismos, espíritus amantes de la Ciencia, no podemos profundizar y acerca de las cuales no podemos emitir más que opiniones personales, más o menos hipotéticas (...). La que nos ocupa, sin embargo, no pertenece a ese número. De modo que a aquellos que fueran tentados a percibir en mis palabras únicamente una teoría osada les diré: abarcad, si fuera posible, con mirada investigadora, la multiplicidad de las operaciones de la naturaleza y reconoceréis que si no se admite la unidad de la materia, será imposible explicar ya no diré solamente los soles y las esferas, pero sin ir tan lejos, la germinación de una simiente en la tierra o la producción de un insecto" (10).

 

"Si se observa tan gran diversidad en la materia es porque por ser ilimitado el número de las fuerzas que han presidido sus transformaciones y las condiciones en que éstas se han producido, las combinaciones de la materia no podían dejar de ser ilimitadas. Por lo tanto, ya sea que la sustancia que se considere pertenezca a los fluidos propiamente dichos, es decir, a los cuerpos imponderables, o bien revista los caracteres y las propiedades ordinarias de la materia, no hay en todo el Universo más que una única sustancia primitiva: el cósmos o materia cósmica de los uranógrafos" (11).

 

La ciencia moderna ya se va aproximando a esa gran verdad. El átomo, inclusive, considerado al principio como partícula última de la materia, corpúsculo indivisible, uno, que no se púede partir, se sabe hoy que es un complejo de partículas sub-atómicas, protones, neutrones y electrones -entre las fundamentales- que se estructuran en número y modo diferente, según cada elemento químico.

 

En los mundos como la Tierra, además de los cuerpos materiales que forman el substrato permanente del suelo o superficie terrestre, de las aguas, de los mares y de los gases de su atmósfera, hay seres que presentan un ciclo de existencia, es decir, que nacen, crecen, se desarrollan, se reproducen, declinan y mueren. Son los seres vivos: vegetales y animales. En sus cuerpos no aparece la estructura simple y relativamente homogénea de un mienral, sino la heteregeneidad de una organización completa, órganos que se asocian en sistemas y aparatos, con vistas a la realización de las complejísimas funciones vitales. Los órganos están formados por tejidos específicos, los cuales a su vez, resultan de la asociación de pequeñísimas células. Se caracterizan de este modo, los seres vivos por su organización celular, habiéndolos también unicelulares, es decir, formados por una sola célula. La célula es la unidad vital y a pesar de su pequeñez en ella se realizan, por intermedio de corpúsculos que se comportan como órganos, todas las funciones que caracterizan el ciclo de la vida, desde el nacimiento hasta la muerte meramente material; la formación de los seres vivos obedece a las mismas leyes químicas que regulan las formación de las sustancias minerales, es decir: las sustancias orgánicas que entran en la constitución de los cuerpos vegetales y animales, están formadas por los mismos principios o elementos químicos y obedecen, en su formación, a las mismas leyes que rigen la formación de las sustancias orgánicas. Ahora bien, sabemos cómo se forman los compuestos minerales: los elementos se combinan obedeciendo, en primer lugar, a las afinidades existentes entre ellos y provenientes de las estructuras específicas de sus átomos; y en segundo lugar, a las leyes de las combinaciones químicas, entre las cuales sobresalen la de la conservación de las masas (de Lavoisier) y la de las proporciones definidas (de Proust).

 

Cuando en ciertas condiciones los elementos se combinan para formar un determinado compuesto, las masas que se combinan no son cualesquiera, sino que guardan entre sí y con la masa del producto de la reacción, relaciones constantes. Por ejemplo, el hidrógeno y el oxígeno presentan una gran afinidad química y en condiciones apropiadas se combinan para formar agua, también llamada protóxido de hidrógeno ó, más correctamente, monóxido de hidrógeno. Al combinarse, sus masas guardan entre sí una relación invariable que, expresada en números enteros, es decir, en su expresión más simple es 1 en 8 (1:8).

 

Podríamos multiplicar los ejemplos con las combinaciones binarias de oxígeno con los metales, que forman los óxidos metálicos del fluor, cloro, bromo, iodo y astatino, formando los fluoruros, cloruros, bromuros, ioduros y astatinuros respectivamente; del azufre, formando los sulfuros, etc. Podríamos considerar otros tipos de reacciones químicas, como las de la simple sustitución de elementos en sustancias compuestas,  las reacciones mutuas entre compuestos, como podríamos considerar también otras  leyes de las combinaciones químicas.

 

Lo que queremos destacar es que los compuestos orgánicos se forman a partir de los mismos elementos químicos que entran en la composición de los compuestos inorgánicos ó minerales y obedecen a las mismas leyes de conservación y de proporcionalidad. Los compuestos orgánicos presentan solamente la particularidad de que todos tienen como elemento primordial el carbono, siguiéndole en importancia el hidrógeno, el oxígeno y el nitrógeno (ázoe), inmediatamente después el azufre, el fósforo, el hierro y otros metales y muchos otros elementos. Cuando decimos, también, que los compuestos orgánicos están constituidos por los mismos principios elementales y obedecen a las mismas leyes que los compuestos inorgánicos ó minerales, nos estamos refiriendo a esos compuestos considerados en sí mismos, aisladamente o sólo como sustancias individuales y específicas; pero no como participantes de los conjuntos biológicos, en las células, en los tejidos, órganos y organismos, vegetales o animales, porque ahí esas sustancias están conjugadas en una integración funcional para constituir una unidad viva, lo que reclama, evidentemente, una fuerza integradora. Esa fuerza existe y es inherente a una sustancia sutil y altamente jerarquizada que se llama principio vital. Este principio es el que comunica a los vegetales y a los animales la vida orgánica, permitiéndoles el ejercicio de todas las funciones vitales.

 

El ser vivo, sin embargo, nunca se demuestra desde el inicio de su existencia como lo conocemos en el individuo adulto. Vegetal o animal, procede siempre de un germen. Los gérmenes son sistemas orgánicos minúsculos, en los que las potencialidades funcionales se encuentran en estado latente, a la espera de condiciones propicias de calor, humedad, medio nutritivo apropiado para  hacer eclosión, determinando el crecimiento, el desenvolvimiento y la multiplicación celular, de modo que surja el germen del embrión y del embrión, el ser completo.

 

Fue a partir de esos gérmenes que la vida apareció en la Tierra. En el comienzo, cuando todavía todo era caos, los elementos se mantenían separados, en muy sutiles estados de fluidez y diseminados en la inmensidad del Espacio. Poco a poco fueron cesando las causas que los mantenían separados y entraron en combinación, obedeciendo a las afinidades recíprocas, de acuerdo con las condiciones que iban surgiendo y conforme con las leyes de las combinaciones químicas. Se formaron de este modo todas las modalidades de la materia e incluso la materia de los gérmenes de las diversas especies de animales y vegetales, sólo que en ellos la vida continuaba en estado latente. Como las simientes y las crisálidas, que permanecen inertes hasta que las condiciones propicias les proporcionen el fluido vital, que es el que les comunica el movimiento de la vida. 

 

Una vez formados a partir de sus gérmenes, los seres vivos traían en sí mismos, absorbidos, los elementos que podrían servir para la propia formación y empezaron a transmitirlos, fueran plantas o animales, según las leyes de la reproducción. También la especie humana puede haber surgido del mismo modo en la Tierra, que habría contenido los gérmenes, en la atmósfera ó en su superficie. Es posible que allí tengamos el significado de la expresión: "Y creó Dios al hombre con el polvo de la tierra". Son también muy instructivas a ese respecto, las respuestas que los Espíritus dieron a Kardec cuando les formuló las siguientes preguntas con las cuales concluyó esta síntesis: "44. ¿De dónde vinieron a la Tierra los seres vivos?" "La Tierra contenía sus gérmenes, que aguardaban el momento favorable para desarrollarse. Los principios orgánicos se congregaron, desde que cesó la acción de la fuerza que los mantenía separados y formaron los gérmenes de todos los seres vivos. Estos gérmenes permanecieron en estado latente de inercia, como la crisálida y las simientes de las plantas hasta el momento propicio para que surgiera cada especie. Los seres de cada una de éstas se reunieron, entonces, y se multiplicaron". "47. ¿La especie humana se encontraba entre los elementos orgánicos contenidos en el globo terrestre?" "Sí y vino a su tiempo. Fue lo que dio lugar a que se dijera que el hombre se formó del limo de la tierra" (06). "49. Si el germen de la especie humana se encontraba entre los elementos orgánicos del globo, ¿por qué no se forman espontáneamente hombres, como en el origen de los tiempos?" "El principio de las cosas está en los secretos de Dios. No obstante, puede decirse que los hombres, una vez diseminados por la Tierra absorbieron en sí mismos los elementos necesarios para su propia formación, para transmitirlos según las leyes de la reproducción. Lo mismo se dio con las diferentes especies de los seres vivos" (07). Sabemos por la revelación de los Espíritus Superiores, que al crear Dios el cosmos ó materia primitiva, estableció también leyes inherentes a ella para regir sus transformaciones. Esas leyes son en verdad meras diversificaciones de una ley mayor que abarca a todas y las resume. Todo en el Universo es atracción y magnetismo. La gravitación universal gobierna los movimientos de los mundos, manteniéndolos en sus órbitas, así como la gravedad condiciona el peso de los cuerpos, atrayéndolos inexorablemente hacia el centro de la Tierra; la fuerza de cohesión atrae las moléculas de las sustancias y las mantiene solidariamente unidas para formar las masas de los cuerpos y la fuerza de la afinidad química preside la atracción entre los átomos de los diferentes elementos, manteniéndolos ligados, combinados en los compuestos químicos. 

 

Nada existiría, sin embargo, ni el cosmos ni las fuerzas cósmicas que actúan en la formación de los mundos y de los seres si no fuera por la Voluntad Divina, por cuya acción soberana, en realidad, todo ha sido creado. El comienzo absoluto de las cosas – dice el Espíritu Galileo – se remonta, pues, a Dios. Sus apariciones sucesivas en el dominio de la existencia constituye el orden de la creación perpetua. Nada más podemos anticipar, sino que la materia cósmica es la fuente eterna e inmensa de donde Dios, por su pensamiento y bondad, hace surgir los mundos y los seres. La materia cósmica primitiva contenía y contiene todos los elementos materiales, fluídicos y vitales de todos los mundos que se han formado y continúan formándose , pues la creación prosigue siempre. 

 

Kardec preguntó a los Espíritus propulsores de la Codificación: "¿Podremos conocer el modo de formación de los Mundos?" Y ellos respondieron: "Todo lo que a ese respecto se puede decir y podéis comprender es que los mundos se formaron por la condensación de la materia diseminada en el Espacio" (03). Pero él preguntó también si los mundos una vez formados pueden desaparecer, dispersándose en el espacio la materia que los compone y ésta fue la respuesta: "Sí, Dios renueva los mundos como renueva los seres vivos" (04). 

 

Parece, pues, que los mundos tienen sus ciclos de formación, de evolución para que se transformen en moradas apropiadas a los seres que deberán habitarlos y de desaparición – cuando la materia condensada de la que estaban constituidos se desagregará para volver otra vez al estado fluídico, retornando así a la fuente primitiva de la que había salido – el Cosmos.

 

Tomado del Estudio Sistematizado de la Doctrina Espírita ESDE - Libro IV, unidad 5.

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