Mediúmnidad Dinámica

                                   J. Herculano Pires
J. Herculano Pires

La mediúmnidad dinámica no permanece en éxtasis en el organismo del médium. No actúa de manera discreta y sutil, como la mediúmnidad estática. Por el contrario, se desborda agitada en fenómenos de captación y proyección, y no es raro que explote en procesos obsesivos. Es la llamada mediúmnidad de servicio, destinada a la ayuda y al socorro del prójimo. Deviene de los compromisos asumidos en el plano espiritual, ya sea para auxiliar sin discriminación a los que necesitan de ayuda y orientación, o para el rescate de deudas morales del pasado con entidades necesitadas, cuyo estado inferior se debe, en parte o totalmente, a las acciones del médium en vidas anteriores. El médium no disfruta sólo las ventajas de la mediúmnidad generalizada, pues se ve investido de una misión mediúmnica a que los Espíritus dieron el nombre de mediúmnato. La situación del médium es bien diferente de la común. Él es continuamente solicitado para atender a las entidades desencarnadas carentes de ayuda y elucidación. Si rechaza su compromiso o intenta posponerlo queda sujeto a perturbaciones y finalmente a la obsesión. El mediunato le fue concedido para reparar los errores del pasado y recuperar a los espíritus que llevó a la perdición, a la incredulidad e incluso a la rebeldía en vidas pasadas. No obstante el determinismo implícito en el mediunato, su libre arbitrio continúa intacto. Así como escogió y pidió esa situación al volver a la encarnación, por su libre voluntad, así también podrá ahora optar por el cumplimiento de la misión o por su rechazo, luchando naturalmente con las consecuencias de la fuga del deber.

 

El mediunato es también concedido en casos de pura asistencia al prójimo y ayuda a la Humanidad, como nos muestra el ejemplo histórico de las niñas Boudin, Julia y Carolina, en París, cuya mediúmnidad admirable garantizó el éxito de la misión de Kardec. Pero el mismo Kardec no era médium, porque su misión era científica y no mediúmnica. Le competía estudiar e investigar la mediúmnidad para desarrollar la incipiente cultura terrena, revelando a los científicos la faz oculta de la Naturaleza, la realidad desconocida del otro mundo que ellos no percibían y cuando la percibían no la aceptaban. Las niñas Boudin, que contaban con sólo 14 y 16 años, fueron los instrumentos mediúmnicos de que él se sirvió para la elaboración de la Doctrina. Interrogaba a los espíritus a través de ellas, aceptaba o rechazaba lo que decían, discutía libremente con ellos y observaba otros médiums, como la Srta. Jafet, Didier hijo, Camille Flammarion, Victorien Sardou y muchos otros. No era un profeta, ni un vidente o un Mesías: era un investigador incansable y exigente. La voluminosa, minuciosa e inabalable obra que dejó, formaba un bloque compacto de más de veinte volúmenes de cuatrocientas páginas y media, nos muestra porque él no podía disponer de un mediunato. Tenía que dedicarse enteramente, como se dedicó hasta el agotamiento, al trabajo intelectual. Es grandiosa la epopeya humilde de ese hombre, investigador solitario de una ciencia que todos combatían y ridiculizaban. Si no estaba investido de mediunato, disponía de la intuición en alto grado, de un buen sentido que le permitió solidificar y estructurar la doctrina en bases seguras y vencer fácilmente las más sofisticadas embestidas de los intelectuales, de los sabios, de los ateos y materialistas, de las academias e instituciones culturales, de las iglesias y de los teólogos, mostrándoles con serenidad y claridad meridiana los errores temerarios en que incidían. La mediúmnidad estática le permitía, en los últimos años de trabajo, ser advertido directamente por los espíritus de lapsos ocurridos en sus escritos, como se puede ver en sus anotaciones publicadas en Obras Póstumas. Si los hombres no fuesen tan estúpidos como demostró Richet en L´Homme Stupide, le habrían ahorrado a Kardec muchos sin sabores y muchas luchas que tuvo que sostener. Para comprenderse mejor la razón por la cual Kardec no tuvo un mediunato, basta recordar el caso de Swedenborg en Suecia y de Andrew Jakson Davis en los Estados. El primero era uno de los mayores sabios del siglo XVIII, amigo de Kant y fue un precursor del Espiritismo. Pero, dotado de extraordinaria videncia, se perdió en sus propias visiones, fascinado por la realidad invisible, y acabó creando una secta llena de absurdos. El segundo era también vidente y lanzó una serie de libros en que lo fantástico supera las posibilidades de la realidad. Kardec pudo realizar su trabajo con firmeza porque no quiso ser más que el hombre, como decía Descartes, permaneciendo con los pies en el suelo y examinando todas las manifestaciones espirituales con el más riguroso criterio científico. Los fenómenos mediúmnicos son los más difíciles de examinarse con frialdad. El médium no escapa a los impactos emocionales de esas manifestaciones, como Kardec vio en el ejemplo de Flammarion. Por otro lado, la condición de médium lo haría sospechoso a los ojos desconfiados de los hombres de ciencia. Su posición firme en el campo cultural y en las áreas de investigación, que le valieron la alabanza de Richet y el respeto de Crookes, Zöllner y otros científicos concienzudos, y principalmente su lógica poderosa lo libraron de los peligros que él mismo señalaba en lo referente a la compleja y fascinante problemática del Espiritismo. Tenía que hablar a los hombres como hombre, y así lo hizo, con el lenguaje humano de los que buscan la verdad.

 

Aún en el medio espírita el criterio de Kardec no fue suficientemente comprendido. Muchos censuraban su mesura en tratar los asuntos difíciles de la época. No entienden el valor del Libro de los Médiums y viven buscando novedades presentadas en obras mediúmnicas sospechosas. No perciben que el problema mediúmnico sólo ahora puede ser tratado científicamente con más desinhibición, gracias al avance de las ciencias en los últimos años. Pocos entienden el criterio ejemplar de una obra difícil como La Génesis y de un libro como El Evangelio Según el Espiritismo, en que las cuestiones explosivas de la fe irracional y mitológica tendrían que ser esquivadas. En las manos de un vidente esos libros no podrían ser escritos con la claridad racional en que lo fueron, porque las visiones místicas influirían en su elaboración. La videncia, como todas las formas de mediúmnidad, puede ocurrir ocasionalmente a cualquier persona, pero su acción permanente, en los casos de mediunato, puede bloquear la razón y excitar el misticismo. En esos casos el místico está sujeto a engaños fatales. El espíritu encarnado está condicionado a la vida del plano material, no disponiendo de seguridad para lidiar con los problemas del plano espiritual. Pero la vanidad humana lleva a los videntes a confiar en sus percepciones, pues eso los coloca por encima de los otros. En el desdoblamiento, con fines de investigación en el otro plano, ese problema se agrava, pues el desplazamiento del espíritu para un campo de acción que no es el suyo, durante la encarnación, lo coloca en el plano espiritual como un extranjero que necesitaría de tiempo para ajustarse a él. Por eso Kardec prefirió el estudio y la investigación a través de las manifestaciones mediúmnicas, donde es posible controlarse la legitimidad de las informaciones dadas por los mismos habitantes del plano espiritual.

 

Richet levantó el problema del condicionamiento de la videncia a la creencia del vidente. Frederic Myers demostró que nuestra mente está condicionada para la interpretación de las percepciones sensoriales. La conciencia supraliminal, donde funciona nuestra mente de relación, está vuelta hacia las condiciones del mundo en que vivimos. La conciencia subliminal, que equivale al inconsciente, se destina a funcionar normalmente en la vida futura, o sea, en el plan espiritual. Kardec observó todo eso con rigor, a través de investigaciones incesantes, en las comunicaciones mediúmnicas de espíritus encarnados, como se puede ver en los relatos de sus investigaciones publicados en la Revista Espírita. Los mismos espíritus recién-desencarnados se refieren siempre a la dificultades que enfrentan para adaptarse a la condiciones del mundo espiritual. Es pues, una temeridad confiarse en la videncia para establecer nuevos principios o sistemas de la práctica espírita. La videncia ayuda en las investigaciones, pero no puede ser su único instrumento. Los videntes que se colocan en la posición de conocedores absolutos del otro mundo, olvidándose de que su equipamiento sensorial y mental pertenece a este mundo, y se presentan en la condición de maestros y reformadores de la doctrina engañándose a sí mismos y engañando a los demás.

 

Se puede alegar la existencia del mediunato de la videncia. Pero ese mediunato jamás es concedido para las aventuras de espíritus de vivos en el plano espiritual, porque eso sería condenar el médium a una situación de dualidad peligrosa en la vida terrena. El mediunato de la videncia existe, pero con el fin de ayudar a las investigaciones o para demostraciones de la verdad espírita, pero nunca para la creación de condiciones anómalas en el campo mediúmnico. Las propias obras mediúmnicas, psicografiadas, que describen con exceso de minucias la vida en el plano espiritual deben ser encaradas con reserva por los espíritas estudiosos. Emmanuel explica, prefaciando un libro de André Luiz, que el autor espiritual se sirve de figuras analógicas para explicar hechos y cosas que no podrían ser explicados de manera fidedigna en nuestro lenguaje humano. Son peligrosas las dos posiciones extremas: la de los que no aceptan esas obras como válidas y la de los que pretenden sustituir por ellas las obras de Kardec. Los principios de la Codificación no pueden ser alterados por la obra de un espíritu aislado. La Codificación no es obra de la videncia, sino de una investigación científica realizada por Kardec bajo orientación y vigilancia de los Espíritus Superiores.

 

Estamos en una fase de rápidas transformaciones de conceptos y valores, pero no debemos olvidar que los conceptos y los valores del Espiritismo no se restringen al momento actual. Son conceptos y valores destinados a nuestra preparación para el futuro, de modo que no están prescritos.

 

De todo eso resulta un aumento de la responsabilidad espírita para todos los que se dejan llevar por la fascinación de las novedades. El Espiritismo es un campo de estudios difícil y delicado, y que no podemos descuidar un sólo instante la brújula de la razón. Al tratar de asuntos espíritas estamos actuando en un campo magnético en el que combaten las fuerzas del bien y del mal. No siempre las sabemos distinguir con seguridad y podemos dejarnos llevar por corrientes de pensamientos desorientadores. La vanidad, la pretensión y el orgullo humano siempre vacío y fácil de ser llevado por los vientos de la mistificación, el deseo liviano de diferenciarnos de la mayoría y la ambición enferma y presuntuosa de fantasear como maestros pueden llevarnos a traicionar la verdad. La obra de Kardec es la brújula en que podemos confiar. Ella es la piedra de toque que podemos usar para comparar la legitimidad o no de las piedras aparentemente preciosas que los explotadores de novedades nos quieren vender. Esa obra reposa en la experiencia de Kardec y en la sabiduría del Espíritu de la Verdad. Si no confiamos en ella es mejor que abandonemos el Espiritismo. No hay maestros espirituales en la Tierra en esta hora de pruebas, que es semejante a la hora de exámenes en una escuela del mundo. Jesús podría respondernos, delante de nuestra búsqueda comodista de nuevos maestros, como Abraham respondió al rico de la parábola: “¿Porque yo debería mandaros nuevos maestros, si tenéis con vosotros la Codificación y los Evangelios?”.

 

La mediúmnidad dinámica del mediunato exige nuestro esfuerzo continuo en la lucha hacia la sustentación de la verdad espírita en el mundo. Pero nadie se esquiva sin graves consecuencias al deber de la vigilancia. Los espíritus mistificadores cuentan sólo con dos puntos de apoyo para envolvernos: la vanidad y la invigilancia. Es más fácil para ellos aproximarse a nosotros y conquistar nuestra atención, que los espíritus esclarecidos nos socorran con sus intuiciones ponderadas. Estamos en un mundo de pruebas y de expiaciones, somos espíritus en evolución, y la mayoría reincidentes de encarnaciones fracasadas. Nuestro libre albedrío no puede ser violado, pero cuando aceptamos las mistificaciones de pretendidos reformadores usamos el libre arbitrio en la elección infeliz que hacemos. Este es un punto importante de la doctrina en que debemos pensar incesantemente. Nuestra responsabilidad en lo tocante al mediunato no nos permite liviandad alguna que no tenga un precio a pagar en el presente o en el futuro. En un ambiente mediúmnico dominado por el deseo de novedades y por la expectativa de lo maravilloso, estamos sujetos siempre a embriagarnos con el vino de las ilusiones. El principal deber de los médiums se resume en dos palabras: fidelidad y vigilancia. Si no fuéramos fieles a la doctrina y no estamos siempre vigilantes a las celadas de las tinieblas, estaremos sujetos a continuar el camino de los falsos profetas de la Tierra y de la erraticidad, que el ciego de la parábola llevará al barranco para caer con él.

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