Temor a la Muerte

Revista Espírita, febrero de 1865

El hombre, a cualquier grado de la escala a que pertenezca, desde el estado salvaje, tiene el sentimiento innato del futuro; su intuición le dice que la muerte no es la última palabra de la existencia y aquellos que lloramos no están perdidos para siempre. La creencia en el futuro es intuitiva e infinitamente más generalizada que la de la nada. ¿A qué se debe, pues, que, entre los que creen en la inmortalidad del alma, se encuentre aún tanto apego a las cosas de la Tierra y un temor tan grande a la muerte?

 

El temor a la muerte es un efecto de la sabiduría de la Providencia y una consecuencia del instinto de conservación, común a todos los seres vivos. Es necesario mientras el hombre no esté bastante esclarecido sobre las condiciones de la vida futura, como contrapeso a la propensión que, sin ese freno, lo llevaría a dejar prematuramente la vida terrestre y a descuidar el trabajo, en este mundo que debe servir a su evolución.

Es por eso que, entre los pueblos primitivos, el futuro era tan solo una vaga intuición, más tarde, una simple esperanza, más tarde, en fin, una certeza, pero aún contrabalanceada por un secreto apego a la vida corporal.

 

En la medida que el hombre comprende mejor la vida futura, el miedo a la muerte disminuye; pero, al mismo tiempo, comprendiendo mejor su misión en la Tierra, espera su fin con más calma, resignación y sin miedo. La certeza de la vida futura imprime otro curso a sus ideas, otro objetivo a sus trabajos; antes de tener esa certeza no trabaja sino para la vida actual; con esa certeza trabaja con la vista en el futuro sin descuidar el presente, porque sabe que su futuro depende de la dirección, más o menos buena que dé al presente. La certeza de encontrar a sus amigos después de la muerte, de continuar las relaciones que tuvo sobre la Tierra, de no perder el fruto de ningún trabajo, de crecer, sin cesar, en inteligencia y en perfección, le da la paciencia de esperar y el coraje de soportar las fatigas momentáneas de la vida terrestre. La solidaridad que ve establecerse entre los muertos y los vivos, le hace comprender aquella que debe existir entre los vivos; la fraternidad, desde entonces, tiene su razón de ser y la caridad un objetivo, en el presente y en el futuro.

 

Para liberarse de los temores de la muerte es necesario poder encararla bajo su verdadero punto de vista, quiere decir, penetrar, con el pensamiento, en el mundo espiritual y hacerse de él una idea lo más exacta posible, lo que denota, en el Espíritu encarnado, un cierto desenvolvimiento y una cierta aptitud para desligarse de la materia. Entre los que no están suficientemente avanzados, la vida material domina aún, sobre la vida espiritual.

El hombre, apegándose a lo exterior, solo ve la vida en el cuerpo, mientras que la vida real está en el alma; estando el cuerpo privado de la vida, a sus ojos todo está perdido y se desespera. Si, en lugar de concentrar su pensamiento sobre el vestido exterior, lo fijase en la fuente misma de la vida: para el alma que es un ser real sobreviviente a todo, lamentaría menos el cuerpo, origen de tantas miserias y dolores; pero, para eso, es necesario una fuerza que el Espíritu solo adquiere con la madurez.

 

El temor a la muerte procede, pues, de la insuficiencia de nociones sobre la vida futura; pero denota la necesidad de vivir y el miedo de que la destrucción del cuerpo sea el fin de todo; está así provocado por el secreto deseo de la supervivencia del alma, velado aún por la incertidumbre.

 

El temor se debilita en la medida que la certeza se forma y desaparece cuando la certidumbre es completa.

 

He aquí el lado providencial de la cuestión. Fue prudente no deslumbrar al hombre, cuya razón no era todavía bastante fuerte para soportar la perspectiva, muy positiva y muy seductora, de un futuro que lo haría descuidar el presente, necesario para su desarrollo material e intelectual.

 

Ese estado de cosas es mantenido y prolongado por causas puramente humanas que desaparecerán con el progreso. La primera, es el aspecto bajo el cual es presentada la vida futura, aspecto que podría bastar a las inteligencias poco avanzadas, pero que no podría satisfacer las exigencias de la razón de los hombres que reflexionan. Entonces, dicen, si se nos presentan como verdades absolutas principios puestos en duda por la lógica y los datos positivos de la ciencia, es porque no son verdades. De ahí, la incredulidad entre algunos, y entre un gran número una creencia mezclada de dudas. La vida futura es para ellos, una idea vaga, una probabilidad antes que una certidumbre absoluta; creen en ella, quisieran que así fuese y, a pesar suyo, dicen: sin embargo ¡y si no fuese así! El presente es positivo, ocupémonos de él primero; el futuro vendrá por añadidura.

 

Además, dicen aún, en definitiva ¿qué es el alma? ¿Es un punto, un átomo, una centella, una llama? ¿Cómo se siente? ¿Cómo ve? ¿Cómo percibe? El alma para ellos no es una realidad efectiva: es una abstracción. Los seres que le son queridos, reducidos al estado de átomos, en su pensamiento, están, por así decirlo, perdidos para ellos y no tienen a sus ojos, las cualidades que los hicieron amarlos; no comprenden ni el amor de una centella, ni aquel que se puede tener por ella y ellos mismos quedan mediocremente satisfechos de ser transformados en mónadas. De ahí el retorno al positivismo de la vida terrestre que tiene algo de sustancial. El número de aquéllos que están dominados por esos pensamientos es considerable.

Otra razón que une a las cosas de la Tierra a aquéllos mismos que creen más firmemente, en la vida futura, se relaciona con la impresión que conservan de la enseñanza que les fue dada desde la infancia.

 

El cuadro que de ella hace la religión, no es – es preciso convenirlo – ni muy seductor ni muy consolador. De un lado se ven allí las contorciones de los condenados a penas eternas que expían, en las torturas y en las llamas sin fin, sus errores de un momento; para quienes los siglos suceden a los siglos sin esperanza de alivio o de piedad; y, lo que es más implacable aún, para quienes el arrepentimiento no tiene eficacia. En otro lado, las almas lánguidas y atormentadas del purgatorio, esperando su liberación en la buena voluntad de los vivos que oran o hagan orar por ellas y no de sus esfuerzos para progresar. Esas dos categorías componen la inmensa mayoría de la población del otro mundo. Por encima de este plano el muy restringido de los electos, gozando, durante la eternidad, de una beatitud contemplativa. Esa eterna inutilidad, preferible, sin duda, a la nada, no es menos que una fastidiosa monotonía.

 

También se ven, en las pinturas que retratan a los bienaventurados, figuras angelicales, pero que respiran antes el tedio que la verdadera felicidad.

 

Ese estado, no satisface ni las aspiraciones ni la idea instintiva del progreso que solo parece compatible con la felicidad absoluta. Mal se puede concebir que el salvaje ignorante, de sentido moral obtuso, por el único hecho de haber recibido el bautismo, esté en el mismo nivel de aquél que llegó al más alto grado de la ciencia y de la moralidad práctica, después de largos años de trabajo. Es aún menos concebible que el niño muerto en tierna edad, antes de tener la conciencia de sí mismo y de sus actos, goce de los mismos privilegios, por el único hecho de una ceremonia en la cual su voluntad no tiene ninguna participación. Estos pensamientos no dejan de agitar a los más fervorosos, por poco que reflexionen.

 

El trabajo progresivo que se cumple en la Tierra, no siendo nada para la dicha futura, la facilidad con la cual ellos creen adquirir esa dicha por medio de algunas prácticas exteriores, la posibilidad misma de comprarla a precio de dinero, sin reforma seria del carácter y de los hábitos, dejan a los goces mundanos todo su valor. Más de un creyente se dice, en su fuero íntimo: puesto que su futuro está asegurado por el cumplimiento de ciertas fórmulas, o por dones póstumos que no lo privan de nada, sería superfluo imponerse sacrificios o cualquier constreñimiento en provecho de otro, desde que se puede llegar a la salvación trabajando cada uno por sí.

 

Seguramente, tal no es el pensamiento de todos, porque hay grandes y bellas excepciones; pero no se puede disimular que esta no sea la más numerosa, sobre todo de las masas poco esclarecidas, y que la idea que se hace de las condiciones para ser feliz en el otro mundo no mantenga el apego a los bienes de este y, como consecuencia, el egoísmo.

Añadamos, a eso, que todo contribuye en los hábitos para hacer lamentar la vida terrestre y temer el tránsito de la Tierra para el cielo. La muerte está rodeada de ceremonias lúgubres que aterrorizan más que provocar esperanza. Si se representa la muerte, es siempre bajo el aspecto repulsivo y jamás como un sueño de transición; todos esos emblemas recuerdan la destrucción del cuerpo, mostrándolo horrendo y descarnado; ninguno simboliza a el alma librándose radiante de sus lazos terrestres. La partida para este mundo más feliz, está acompañada de lamentaciones de los sobrevivientes, como si aconteciese la mayor desdicha a aquéllos que se van; se les dice un eterno adiós, como si jamás se debiese verlos; lo que se lamenta por éllos, son los goces de este mundo, como si no debiesen encontrarlos mayores. ¡Qué desgracia – se dice – en morir cuando se está joven, rico, feliz y que se tiene, ante sí, un futuro brillante! La idea de una situación más feliz aflora con dificultad en el pensamiento, porque no tiene raíces allí. Todo concurre, pues, a inspirar el frío de la muerte en lugar de hacer nacer esperanza. El hombre tendrá mucho tiempo, sin duda, para deshacerse de sus prejuicios, pero a eso llegará en la medida en que su fe se afirme, que se haga una idea más sana de la vida espiritual.

 

Por otro lado, la creencia vulgar coloca las almas en regiones inaccesibles al pensamiento, donde se vuelven, de alguna forma, extrañas a los sobrevivientes; la Iglesia misma coloca, entre ellas y estos últimos, una barrera insuperable: ella declara que toda relación está rota, toda comunicación es imposible. Si están en el infierno, la esperanza de volverlas a ver está perdida para siempre, a menos que se vaya para allá uno mismo; si están entre los elegidos, están completamente absortas en la beatitud contemplativa. Todo eso coloca entre los muertos y los vivos una distancia tal, que se considera la separación como eterna; por eso se prefiere aún, ver junto a sí, sufriendo en la Tierra, a los seres que se ama, que verlos partir, aunque sea para el cielo. Además, el alma que está en el cielo, ¿es realmente feliz al ver, por ejemplo a su hijo, su padre, su madre o sus amigos, quemarse eternamente?

 

Para los espíritas el alma no es ya una abstracción. Tiene un cuerpo etéreo que hace de ella un ser definido, que el pensamiento abarca y comprende. Esto es ya mucho para fijar las ideas sobre su individualidad, sus aptitudes y sus percepciones. El recuerdo de aquellos seres queridos descansa sobre algo real y positivo. No nos los representamos ya como llamas fugitivas que nada recuerdan al pensamiento, sino bajo una forma concreta que nos los manifiesta mejor como seres vivos.

 

Además, en lugar de estar perdidos en las profundidades del espacio, están a nuestro alrededor. El mundo corporal y el mundo espiritual están en perpetuas relaciones, y se asisten mutuamente. No cabiendo ya duda sobre el porvenir, el temor a la muerte no tiene razón de ser. Se la ve venir con serenidad, como a una libertadora, como la puerta de la vida y no como la de la nada.

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