AGUSTÍN DE HIPONA

Exponentes de la Codificación

 

San Agustín nació el 13 de noviembre de 354, en Tagaste, pequeña ciudad de la actual Argelia.

 

En su ciudad natal transcurrió su infancia y juventud, en un ambiente limitado de un poblado perdido entre las montañas. Con capacidades para la oratoria, él lee y lo adorna con trechos de poetas y escritores latinos.

 

Aprende elementos de música, física y matemática. En Cartago hizo sus estudios superiores y allí también entró en contacto con la alegría y el esplendor de las ceremonias, en honra a los dioses protectores del Imperio.

 

Sin embargo, es descrito como un joven ponderado, dedicado a los libros, él confiesa que “amar y ser amado era una cosa deliciosa”.

 

Pasó a vivir con una mujer a quien fue fiel, convirtiéndose en padre en 373, con solo 19 años.

 

Su hijo, de nombre Adeodato, moriría a los 17 años.

 

Deseaba destacarse en la elocuencia, confiesa, con orgullo. Deseaba ser el mejor.

 

Un libro de Cicerón lo alerta que “la verdadera felicidad reside en la búsqueda de la sabiduría”.

 

Retorna a su ciudad natal y se dedica a la enseñanza, por trece años, después enseña en Cartago y Roma. Se dedicó al estudio de las Escrituras, sin embargo, halló su estilo tan simple que se desilusionó y lo abandonó.

 

En Milán parecía ser un hombre feliz: pagado por el Estado, personaje casi oficial (ocupaba la cátedra de la elocuencia), era respetado como profesor. Sin embargo, estaba inquieto. Busca la verdadera alegría y no la encuentra. Se aficionó al maniqueísmo, doctrina del profeta persa Mani.

 

Después de 12 años, insatisfecho con las respuestas que la doctrina no le daba, recomienza a leer los Evangelios y asistir a los sermones del Obispo Ambrósio, que lo recibió como un padre. Una canción infantil, en la voz cristalina de un niño que insiste “Toma, lee”, hace que él el libro al respecto de San Paulo y retorne definitivamente al cristianismo.

 

Su vida a partir de aquel momento seria meditar, escribir libros y hacer discursos.

 

En 391, es llamado a Hipona, un gran centro comercial de cerca de 30.000 habitantes. Cinco años después seria consagrado Obispo auxiliar de Hipona.

 

Grande era la lucha, de la época contra las llamadas herejías. Agustín, siempre orador oficial, en los sínodos y concilios en Cartago nunca olvida que “más valioso que la palabra es el amor fraterno...

 

Los ojos de los enfermos queman, por eso son tratados con delicadeza... Los médicos son delicados hasta con los enfermos más intolerantes: soportan el insulto, dan el remedio, no devuelven las ofensas”.

 

Las palabras que más aparecen en sus escritos son amor y caridad. A veces, desarrollando una idea interrumpe su raciocinio para dejar escapar gritos de amor a Dios: “Oh Señor, te amo. Tu estremeciste mi corazón con la palabra e hiciste nacer el amor por Ti. Tarde te ame, Oh Belleza tan amiga y tan nueva, tarde Te ame... Me tocaste, y ardo de deseo de alcanzar Tu paz”.

 

Dos veces por semana hablaba en la Iglesia de la Paz. Cierta vez, disertando sobre San Juan se entusiasmó de tal forma que pregonó durante cinco días consecutivos, siendo siempre aplaudido. Pero, decía: “Vuestras alabanzas son las hojas de los árboles; me gustaría ver los frutos”.

 

Tal era la admiración que tenían por Agustín, que llegaron a creer que él era capaz de producir curas y le llevaban enfermos. “Si yo tuviese poder para curar”, decía, “me curaría a mi mismo”.

 

La enfermedad que lo aquejó duró muy pocos días. Percibiendo que se avecinaba la muerte, pidió que lo dejasen a solas, para orar. Murió en la noche del 28 para el 29 de agosto de 430, a los 76 anos. No dejó testamento, porque no poseía bienes.

 

Los pintores medievales lo retratan con un libro en la mano y el corazón en llamas. El libro simboliza la ciencia, el corazón en llamas, el amor. Sabiduría y amor fueron sus dones inseparables. Interesante anotar que aunque sea siempre retratado con mucha pompa y lujo, aún como obispo se rehusaba a usar el anillo y la mitra.

 

Este espíritu fue convidado a participar del equipo del Espíritu de Verdad y sus ponderaciones pueden ser encontradas en varios momentos de la Obra Kardeciana, entre eles en El Libro de los Espíritus (Prolegómenos, respuesta a las preguntas 495, 919 y 1009), El Evangelio según el Espiritismo (cap. III, ítems 13 y 19; cap. V, ítem 19; cap. XII, ítems 12 y 15; cap. XIV, ítem 9; cap. XXVII, ítem 23), El Libro de los médiums (cap. XXXI, disertaciones del número 1 y XVI - Acerca del Espiritismo / Sobre las Sociedades Espíritas).

 

Fuente: Grandes personajes de la Historia Universal, vol. 1 (Abril Cultural); El Libro de los Espíritus; El Evangelio según el Espiritismo; El Libro de los Médiums.

 

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