FRANCISCO DE ASÍS

EL HERMANO ALEGRÍA

1182 - 1228

 

Nació a principios de 1182 en Asís (Italia). Su padre, Pedro Bordenave, era un rico mercader de telas; de su madre se desconoce el nombre.

 

Aprendió lo necesario en la época, las primeras letras, latín y francés. En su juventud siguió el oficio de su padre, y curiosamente demostró una gran habilidad para ganar dinero, y gran destreza en derrocharlo en fiestas, diversiones y lujo.

 

Cuando tenía veinte años se vio obligado a tomar parte en la guerra de Asís contra Perusa. Cayó prisionero, y luego de un año en los calabozos recuperó su libertad. Vuelto a Asís se enfermó gravemente y tardó mucho tiempo en curarse. Se dice que aquí comenzó su transformación espiritual.

 

En realidad parecía más bien que había perdido el juicio: renunció públicamente a la herencia de su padre, y decidió entregarse plenamente al servicio de Dios. Y movido por la lectura del Evangelio decidió seguir a Jesús.

 

Así comenzó a andar descalzo, vestido con una túnica rústica ceñida con n cordón, cuidando leprosos, mendigando por las calles, orando constantemente y predicando la paz.

 

Inició su vida evangélica en 1208 y se juntaron once compañeros decididos a vivir como él. En 1209 los doce penitentes se fueron caminando a Roma para pedirle al Papa la aprobación de su regla. Inocencio III les dio su aprobación verbalmente y les otorgó el permiso de predicar la penitencia.

 

Francisco y sus penitentes se instalaron en ranchos en el bosque de la Porciúncula, que era propiedad de los monjes Benedictinos, quienes dieron su autorización. Allí hicieron su aprendizaje los primeros Franciscanos, bajo la dirección del fundador, quien para hacerlos comprender que además de pobres debían de ser humildes, determinó que debían llamarse "Frailes Menores".

 

En 1212, Francisco funda la segunda orden, esta vez de mujeres "Damas Pobres", la cofundadora fue Clara de la familia Di Ofrediccio.

 

En cierto modo, se despertó una euforia de vocaciones, y una gran demanda para ingresar a la Primera Orden. Para ofrecer a los seglares la posibilidad de vivir de acuerdo al evangelio en su estado, en 1221 funda la "Tercera Orden de Penitentes".

 

Francisco amaba a Dios con todo su corazón y a todas las criaturas por amor de aquel que las creó. Para él eran hermanos "los astros, las plantas, los elementos, los animales".

 

Cuidaba leprosos lavándolos con sus propias manos y enviaba víveres a los bandidos de Monte Cásale con suma amabilidad.

 

Deseaba con ardor ser mártir de Cristo. El 17 de septiembre de 1224, estando en oración, en su soledad preferida de monte Albarnia, Jesucristo le imprime en su cuerpo las sagradas llagas de los pies, de las manos y del costado.

 

En el Santuario de Santiago de Compostela, Francisco había recibido la revelación de que su orden alcanzaría una gran extensión, desde entonces comenzó la incesante tarea de fundar conventos.

 

En los primeros tiempos de su conversión, un día Francisco, cuyos pensamientos, acciones y palabras se dirigían siempre a Cristo, estaba con sus frailes. Impulsado por su fervor pidió a cada uno que hablara de Dios, según les fuera inspirado. Obedeciendo cada uno de ellos con toda humildad, fueron inspirados por la espiritualidad. Y para que hubiese lugar a dudas de repente se aparece ante ellos Jesucristo. Los bendijo con todo su amor; los frailes quedaron arrebetados y fuera de sí cayeron al suelo como muertos, privados de los sentidos.

 

Cuando volvieron en sí Francisco dijo: "Mis amados hermanos, den gracias a Dios, que ha querido difundir por los labios de los simples los tesoros de la sabiduría divina".

 

Cierto día Francisco, Clara y dos acompañantes tomaban su frugal alimento en el convento de Santa María de los Ángeles. Según la costumbre, los alimentos se sirvieron en el suelo y los comensales se sentaron a su alrededor. Sucedió que apenas comenzaron a comer, Francisco comenzó a hablar de Dios de una manera tan sublime que él mismo, Clara y los demás quedaron arrebatados de éxtasis. todos estaban fuera de sí, con los ojos y las manos levantados hacia el cielo.

 

La gente del pueblo creyó que el resplandor que se levantaba desde el convento eran llamas y acudieron al lugar creyendo que se iba a consumir por el fuego. A su llegada constataron sin embargo que tal fuego no existía. Al entrar al convento, comprobaron que el bienaventurado Francisco, Clara y sus acompañantes estaban humildemente puestos a la mesa y todos arrobados en éxtasis por obra de Dios. Entonces se dieron cuenta que las llamas que habían visto eran del amor divino en que ardían aquellos personajes y se retiraron tranquilos y edificados.

 

Francisco se planteó la cuestión de si debía limitarse a hacer oración o debía también predicar. Deseoso de conocer la voluntad de Dios y muy humilde para atenerse a su pensamiento, recurre a las oraciones de otros a fin de conocer el beneplácito de Dios

 

Pidió a Clara y algunas de sus hermanas que oren para saber que partido debía tomar y los mismo pidió a Fray Silvestre.

 

Silvestre puesto en oración recibió prontamente la respuesta divina: "Dios no ha escogido a Francisco para ocuparse únicamente de sí mismo, sino también para que haga una gran cosecha de almas que gracias a él se han de salvar, esto es lo que hay que decirle de parte de Dios".

 

La misma respuesta habían recibido Clara y sus compañeras.

 

Enterado de la respuesta, Francisco escogió por compañeros a Fray Maseo y a Fray Ángel, y sin preocuparse de los caminos a seguir, o que senderos tomaban, iniciaron el camino de la predicación.

 

Se cuenta que predicaba con tanto fervor a hombre y mujeres que hasta las golondrinas se habían callado por su mandato.

 

De camino a Bevagna, había a lo largo del sendero algunos árboles llenos de pájaros, en tanta cantidad como jamás se había visto por aquellos parajes. Maravillado por el espectáculo, Francisco dijo a sus compañeros: "Espérenme mientras voy a predicar a los pájaros".

 

Entró en el campo y apenas comenzó, se reunieron los pájaros para escucharlo. Inmóviles a pesar de que Francisco los rozaba con el hábito al pasar de un lado a otro, ni uno solo se movió, según cuentan los testigos de la escena. Una vez que Francisco los bendijo, les hizo la señal de la cruz y los despidió, de un solo impulso los pájaros se levantaron en el aire haciendo oír su canto maravilloso.

 

En los alrededores de la ciudad vivía un lobo enorme, de gran ferocidad, siempre hambriento, devoraba animales y hombres. Los pobladores le temían de tal manera que para salir se armaban totalmente, pero aún así, los pobladores ya no se animaban a salir más allá de sus puertas.

 

Dios inspiró a Francisco a ir en busca del lobo. Así fue. Sin sombra de miedo salió de la ciudad para ir en su búsqueda.

 

Los pobladores encaramados sobre las murallas y los techos presenciaban la escena: vieron al lobo que se lanzaba con la boca abierta. Pero Francisco hizo sobre él la señal de la cruz, haciéndole detener su marcha y cerrar la boca: "Ven aquí, hermano lobo, en nombre de Cristo te prohíbo que hagas mal a nadie más".

 

Ante esta orden el lobo, con la cabeza gacha, se postró a sus pies y de tan feroz que fuera se hizo manso como un cordero.

 

Continuó Francisco: "Hermano lobo, tú has cometido muchos crímenes, y has dado muerte a muchas criaturas. Por todo eso los pobladores te detestan. Merecerías ser hecho pedazos entre horribles tormentos, como el peor de los asesinos. Pero yo, hermano lobo, quiero reconciliarte con la gente, de modo que ellos no tengan que tenerte más miedo, y que de tu parte absuelto y perdonado por el pasado, no tengas que temer nada en el futuro".

 

"Si tu consientes en hacer la paz, hermano lobo, yo obtendré que hasta el final de tu vida los habitantes de esta ciudad te den de comer cada día, de modo que no tengas más hambre, porque la rabia del hambre te impulsa para cometer maldades".

 

"Es necesario, sin embargo, que me prometas antes no hacer más daño a nadie, ni a la gente, ni a las bestias. ¿Lo prometes? Francisco extendió la mano y el lobo puso en ella suavemente como una caricia su pata derecha, único gesto que fue capaz de hacer para sellar su compromiso.

 

El lobo siguió a Francisco como el más manso de los corderos y, en presencia de la multitud, el santo hizo un sermón, en el que entre otras cosas, dijo que tales azotes son debidos a nuestros pecados y añadió:

 

"Mi hermano lobo aquí presente promete vivir en paz con vosotros, y he recibido una garantía de su promesa. Él está decidido seriamente a no hacer más daño de ninguna manera, si le prometen de vuestra parte procurarle cada día su alimento. Por lo que a mí respecta, declaro que les doy mi garantía de que él cumplirá su promesa".

 

Con voz unánime el pueblo prometió alimentar al lobo, y dirigiéndose al animal Francisco dijo: "Y tú, hermano lobo, ¿juras no hacer jamás mal a nadie?".

 

A la vista de toda la asistencia el lobo levantó de nuevo la pata derecha y la puso en la mano de Francisco.

 

El lobo guardo fielmente su promesa durante los años que vivió. La ciudad lo proveyó de alimentos: el iba y venía libremente sin molestar a nadie.

 

Francisco, como Jesús, no se limitó a curar corporalmente. Con entera voluntad curaba a los leprosos, les servía la comida, le lavaba los miembros podridos, lavaba sus ropas.

 

Su voluntad era que por amor a Jesús los frailes de la orden se pusieran a disposición de todo el mundo.

 

Dios le había revelado que encontraría en el evangelio lo que le estaba reservado. Francisco hizo oración y después le pidió a uno de sus frailes que por tres veces seguidas abriera el evangelio al azar, habiendo salido por tres veces el relato de la pasión de Jesús. Francisco comprendió que pronto sufriría los dolores de la pasión.

 

Desde entonces recibió más visitas del cielo. Un día estando en oración en su celda se le apareció un ángel diciéndole: "Dios me encarga invitarte a aceptar humildemente y con valor lo que el quiere realizar en ti".

"Estoy dispuesto a sufrir pacientemente todo lo que Dios quiera", respondió Francisco. Continuó meditando intensamente los tormentos del Jesús. De repente, un serafín de seis alas bajó del cielo. Y según Francisco, tenía la imagen de un hombre crucificado.

 

Esta visión dejó en el corazón de Francisco un inmenso crecimiento del amor divino y las huellas de su pasión en la carne. Atravesaban ahora sus miembros los clavos que había visto en los de Cristo; atravesadas las palmas de sus manos y las plantas de sus pies, sus puntas aparecían del lado opuesto. Tenía en su costado derecho una herida, como hecha por una lanza, de la que con frecuencia salía sangre, manchando su túnica.

 

Aún antes de haberles contado algo a sus hermanos, éstos habían notado que no se descubría las manos y que le costaba posar las plantas de los pies en el suelo. Constataron también al lavar sus vestidos que estaban ensangrentados.

 

Las llagas le ocasionaban grandes dolores físicos. Escogió a Fray León como su enfermero, por su pureza de alma y se abandono a su manos. Le permitió ver y tocar sus llagas, poner apósitos sobre ellas para contener la sangre y suavizar los dolores. Lo autorizó cambiar sus vendajes, aún diariamente cuando estaba enfermo; pero jamás desde la noche del jueves hasta la semana del sábado, porque ese tiempo fue en el que Cristo fue preso, crucificado, muerto y sepultado. Francisco no quería que en ese tiempo ningún remedio humano le disminuyera los dolores.

 

Francisco vuelve al convento de Santa María de los Ángeles en compañía de Fray León, a lomo de burro, porque las llagas de sus pies no le permitían caminar.

 

Fue en vano que intentará ocultar los favores que el señor la había hecho. A partir de recibir los sagrados estigmas, tuvo el poder de realizar milagros de perfecta autenticidad.

 

En Arezzo, ante la súplica de una madre por su hijo hidrópico, Francisco oró y tocando con sus manos el vientre enfermo, la hinchazón se reabsorbió repentinamente.

 

Una mujer le mostró a su hijo que presentaba una llaga maligna. Francisco la bendijo tres veces. Al otro día la llaga había desaparecido quedando en su lugar una cicatriz en forma de rosa, como testimonio del hecho.

 

Desde la aparición de las llagas en su cuerpo, Francisco se debilitó cada día más.

 

Por revelación sabía que se iba a morir. Y así fue. Desencarnó el 3 de octubre de 1228, tenía 45 años, y hacía dos que había recibido las llagas.

 

Fue canonizado por la Iglesia Católica en 1228.

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